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lunes, 13 de octubre de 2014

Un libro de José Rafael Lovera alimenta la biblioteca gastronómica venezolana

De Fundación Artesano Group nos llega una cuidadísima publicación escrita por nuestro director: 





PRÓXIMAMENTE LA OBRA SERÁ PRESENTADA EN PORLAMAR Y EN CARACAS:


PORLAMAR: el 24 de octubre en el marco de Margarita Gastronómica en el Hotel Bella Vista a las 6:00 y 8:00 pm.


CARACAS: el 30 de octubre en la Librería El Buscón en el Trasnocho Cultural del C.C. Paseo Las Mercedes a las 6:30 pm.

viernes, 10 de octubre de 2014

Ya está a la venta en nuestra sede "Yantares latinoamericanos"

En coedición con la Academia Venezolana de la Historia, El CEGA presenta un nuevo libro escrito por su director, José Rafael Lovera, y titulado Yantares latinoamericanos: ensayos de historia cultural.

La obra ha sido prologada por Rafael Anzón e incluye una cronología y una bibliografía de recetarios latinoamericanos impresos en el siglo XLX, pionera en su género.
Horario de venta:
de 10 am a 4 pm de martes a viernes
PVP 420 BsF


martes, 7 de octubre de 2014

Graduación del Taller de Pastelería CEGA con Dany Delgado

¡FELICITACIONES A TODAS! ¡MUCHO ÉXITO!

Hacer click en las fotos para agrandarlas:
Taller de Pastelería CEGA con Dany Delgado 2014

Taller de Pastelería CEGA con Dany Delgado 2014

Taller de Pastelería CEGA con Dany Delgado 2014

Taller de Pastelería CEGA con Dany Delgado 2014

Taller de Pastelería CEGA con Dany Delgado 2014

Taller de Pastelería CEGA con Dany Delgado 2014
Taller de Pastelería CEGA con Dany Delgado 2014

VER ALBUM DE FOTO COMPLETO EN NUESTRO PERFIL DE FACEBOOK:

Menús CEGA jueves 9 y viernes 10 de octubre

Ven y prueba los menús que prepararán esta semana dos de nuestros alumnos de la Especialización en cocina criolla CEGA. Se trata de Benjamin Zaldumbide y Anaroiva Marcano. 
Reserva llamando al 571 33 54 de 9 am a 4 pm de lunes a viernes.
A continuación los menús propuestos por nuestros alumnos:



¡NO TE LOS PIERDAS!

lunes, 6 de octubre de 2014

El comer de los pemones por José Rafael Lovera (2000)

En el año 2000 el CEGA organizó un intercambio sumamente enriquecedor e interesante con indígenas pemones, quienes estuvieron en el Centro y cocinaron con los alumnos de la Especialización en cocina criolla.
   A continuación compartimos un artículo que escribió nuestro director José Rafael Lovera a propósito de la experiencia y que fue publicado en su momento por el diario El Universal:

EL COMER DE LOS PEMONES
Por José Rafael Lovera

    Tal como los antiguos griegos, los pemones se encuentran inmersos en una naturaleza plena de fuerzas vitales de los cuales el hombre es una. Los espíritus todo lo pueblan, residen en los minerales, en las plantas, en los seres humanos y según su tradición se operan entre ellos las más curiosas metamorfosis, tales que hubieran  enriquecido cuantiosamente la pluma de Ovidio.
    
     Quien como Humboldt haya experimentado el anochecer en la selva amazónica, comprenderá las palabras con las que el sabio explorador describe la vivencia que tuvo en la Orinoquia: “Tocaba el sol con el zenit; la luz que vertía sobre el río, que las aguas casi quietas reflejaban chispeantes hacían resaltar más aún las nieblas ardientes que envolvían el horizonte. Las piedras desnudas y redondeadas, y todos los trozos de rocas, estaban cubiertas de infinito número de iguanas de escamas espesas, de geckos y salamandras abigarradas, que inmovibles, alzada la cabeza y abierta la boca, parecían aspirar con fruición el aire abrasado. Los grandes animales se meten a esta hora en las profundidades de la selva, las aves se ocultan bajo el follaje de los árboles o en las grietas de las rocas; pero si durante esta aparente calma de la naturaleza se presta oído a sonidos casi imperceptibles, se advierte en la superficie del suelo y en las capas inferiores del aire, un confuso rumor producido por el murmído y el zumbido de los insectos. Todo anuncia un mundo de fuerzas orgánicas en movimiento. En cada material, en  la corteza agrietada de los árboles, en la tierra que  cavan los himenopteros, la vida se agita y se hace oír, como una de las mil voces que envía la naturaleza al alma piadosa y sensible del hombre”. Y esa voz la han oido bien, y por siglos, los pemones en las profundidades de la selva,  en el extremo sur de nuestro Estado Bolívar, cerca de donde convergen nuestras fronteras con las de Guayana y Brasil. De allí viene Kaikutsé (Vicente Arreaza), nativo de Uaiparú en la Gran Sabana y viene para hablarnos de su comida, de la significación que para su gente tiene  el acto alimentario, de los frutos que da la tierra y de la forma de prepararlo y consumirlos. Oigamos en la suya la voz antigua de sus  antepasados, llena de poesía y de buenas nuevas para el inquieto paladar de los gastrónomos. Para su gente el acto de comer es colectivo, reúne a los hombres de la comunidad cuyas mujeres aportan la preparaciones que han hecho con los productos de conuco ó de la recolección y la caza.
    
     Antes, en tiempos pasados, se hacían dos comidas, mañana y tarde con que marcaban el ritmo de una actividad cotidiana que actualmente se ha roto con el contacto de la sociedad criolla urbana. Toda comida se inicia con el llamado que hace el principal de la comunidad quien en voz alta exclama: “Aquí esta el Tumá”, lo que constituye a su manera una cordial invitación a comer, a veces este llamado es precedido por el soñar de un cuerno que advierte a los demás que  llego el momento de comer. Así todos acuden a colocarse alrededor de una esterilla sobre la cual están servidas las diversas preparaciones aportadas por cada familia pero consumidas indistintamente por los comensales, primero comen los niños luego los hombres que trabajan y después las mujeres quienes generalmente guardan lo suyo en su casa que es el lugar donde comen ellas, pues por tradición no tienen acceso al convite en el cual participan sólo los varones. Durante la comida no se habla, se mastica y se ingiere en silencio tomando los alimentos con los dedos, como vajillas usan totumas.
    
     Pero este acto alimentario implica un conjunto de valores o actividades y creencias que comienzan desde el momento en que se sale en procura de los alimentos; imaginario mental en trance de desaparición por el contacto frecuente de los pemones con las ciudades y su asimilación por la vida urbana. De está manera cuando se va a cazar hay que respetar ciertos tabúes y seguir determinadas prácticas pues para el pemon todo, incluso las  piedras, están llenas de vida, en ellas puede recidir algún espíritu de forma que cuando se caza algo, puede ser una gallina de monte, no siempre debe cocinarla la mujer de uno, sino la hermana de uno, la cuñada de uno, pues la carga directa que tiene con relación a este espíritu, ese espírit guardián de la presa cinegética puede tener repercusiones posteriores que se traducirían en un daño, para quien cocina, por ejemplo sobre las mujeres preñadas de los cazadores pudiendo producirse  malformaciones en las criaturas por nacer. Esto es unos de los preceptos que más se tienen  en cuenta al ir a la búsqueda del alimento a través de la actividad venatoría.
    
     Otro aspecto de ese folklore alimentario es el evitar excesos en la comida, pues cuando uno pesca mucho o caza mucho, puede recibir un castigo ya que la demasía puede irritar al espíritu de las aguas ó al de los bosques. Es posible que el pescador exagerado terminé ahogándose. De allí que se hayan creado formas de prevención para librarse de la ira de los espíritus como es el caso de las oraciones o invocaciones. También se usan ciertas plantas que obtenidas pueden proteger al cazador y aún atraer la presa como es el caso de la planta Kumi, tubérculo parecido al ocumo que se mastica, acción con la cual se da una especie de autoprotección y a la vez sirve de “Reclame”  para atraer ciertos animales. También cuando una persona se encuentra afectada por la fuerza anímica del animal que ha cazado puede curarse mediante él “Taren” que es una invocación.
    
     El silencio que se observa en las comidas es una manifestación del carácter discreto del Pemon y rara vez es interrumpido, por el principal que advierte a los comensales, si es el caso, que viandas está por ingerir, para que se tomen las precauciones derivadas de las creencias de que hablamos. Así muchas veces vienen mezclados pescados como el aimara, el corroncho ó el bagre, lo que hace necesario que se advierta la mezcla. Nunca es usual juzgar sobre las preparaciones pues se considera indelicado. Generalmente las mejores suelen ser las preparadas por las mujeres viejas cuya larga experiencia les ha procurado un saber que redunda en un mejor gusto. Esto puede percibirse pero no se manifiesta. 
 
     Quizá el resumen de la sazón de los pemones sea el ají. El perfume de los muy diferentes tipos de capsicun constituye el estimulante por excelencia, el abreboca por antonomasia, tanto que cuando no se percibe, es como si no se hubiese comido. Cuando por primera vez Vicente probó la comida criolla sintió por un lado el natural rechazo hacia ingredientes que le eran absolutamente extraños como la cebolla ó el ajo y por el otro resintió la ausencia del aroma y el picor del ají. Al punto de que esa falta hace una comida “insípida”. El consumo de ají preserva de los espiritus malos y por eso es bueno comerlos antes de cualquier expedición de cacería, cosa que tiene experimentada Kaitutsé.
     
     El acto de comer para los pemones es lento, tiene un ritmo pausado que puede durar unas 2 horas. Al terminar se levantan los restos y el principal dice, también en voz alta: “Ya dejamos”, formula lacónica para los criollos pero no así para los pemones que la consideran de una extrema amabilidad que permite a las mujeres venir a recoger las esterillas.
    
     Como bebida toman agua y a veces Cachirri ó jugo de alguna fruta, como el cambur. La comida rara vez se sirve caliente, la mayor parte de las preparaciones es ingerida a la temperatura del ambiente. Como pan se emplea el casabe, no la arepa. El maíz se consume en menor escala que la yuca y se come asada la mazorca, a veces cuando ya están secos los granos se muelen y con ellos se prepara una bebida. Como edulcorante se empleaba la miel, en tiempos más recientes apareció el azúcar que sin embargo nunca ha llegado a formar parte del elenco típico de la comida de los pemones.
   
     Vicente con su voz nos ha permitido asomarnos a ese mundo desconocido para los criollos, inquietante para muchos, y muy estimulante para los gastrónomos deseosos siempre de conocer otros manjares.






viernes, 3 de octubre de 2014

Los encantos gastronómicos de Guayana por José Rafael Lovera (1995)

Compartimos con ustedes un artículo escrito por nuestro director en 1995 sobre la maravillosa gastronomía guayanesa. Se habla de los peces del Orinoco, del morrocoy, del merey, de la sarrapia, el queso y tantos otros ingredientes, así como preparaciones típicas de esta región. Esperamos les resulte de interés:

LOS ENCANTOS GASTRONÓMICOS DE GUAYANA
Por José Rafael Lovera

Sin duda la capital gastronómica de la región guayanesa es Ciudad Bolívar, la antigua Angostura. Situada en sitio estratégico a orillas del largo cauce del Orinoco, terminó cobrando tal importancia política que se convirtió en la metrópoli de la provincia de Guayana e incluso, aunque fugazmente lo fue de la república de Colombia. Perteneciente por la vecindad a la vasta área de las selvas y por ende en constante relación, con los superstites aborígenes orinoquenses, ha estado al mismo tiempo estrechamente conectada, por la frecuencia de la navegación fluvial, al Caribe. Esta duplicidad ha hecho más compleja, más rica, su cultura y la ha convertido en una especie de avanzada de la civilización en medio de la salvaje naturaleza.

     Como toda población ribereña da gran importancia en su dieta al pescado, que en su caso es de lo más variado y abundante del Continente. Quizá las cuatro especies más buscadas por el apetito angostureño sean la sapoara, la curbinata, el morocoto y el lau lau. La primera a quien el cantor popular atribuye mágicas propiedades que retienen en aquella tierra a quien coma su cabeza, es vianda de difícil consumo pues abunda su cuerpo en afiladas espinas, muchas de ellas enhorquetadas, sin que su carne amerite correr el riesgo de un atragantamiento. No obstante es sumamente popular en la ciudad y el inicio de su temporada de pesca, que suele ser por Santa Ana, es decir, el 26 de Julio, es motivo de gran algazara y viene la gente a la orilla cabe la laja de la sapoara a contemplar cómo los valerosos pescadores de pie en la proa de la curiara, con grácil y preciso movimiento despliegan en el aire la atarraya de forma de mariposa que una vez caída en la corriente será recogida trayendo siempre alguna presa. Resulta muy pintoresca esta escena y creo que da ella más placer que la degustación del animalejo.

     Superior a la sapoara es el aplastado morocoto, que aprovechando la configuración especial de su espinazo es trinchado por los pescaderos en especie de ruedas que reciben el nombre de costillas, y que fritas son un regalo para el paladar. No en vano, en la región deltana, llaman al morocoto "El rey de los pescados".

     La curbinata da buena sustancia a hervidos y guisos, y si su boca oblicua hacia abajo puede darle cierta expresión malencarada, el hermoso plateado de su piel y sobre todo la bondad de su carne hacen que sea muy apreciada.

     El laulao, lau lau o valentón es el más voluminoso de su género caracterizado por tener la boca estrecha y aplanada con un tamaño promedio de unos dos metros y un peso que esta alrededor de los 170 kilogramos. No es nada fácil pescarlo como ya lo advertía el Padre Gumilla en su Orinoco ilustrado: "Atan la punta de la soga a la cola de un caballo, y la otra extremidad con anzuelo, y cebo, la arrojan al río; y lo mismo es prenderse el lau lau, que meter espuelas al caballo el jinete, que está esperando encima, y no detiene la carrera, hasta que está en la playa seca el lau lau; y es buen lance porque algunos de ellos pasan más de doce arrobas". La lucha con este gigante no ha cambiado mucho desde 1741 y hoy lo pescan con cadenas bien aseguradas. Es carne deliciosa que resiste noblemente cualquier género de cocción.

     Saliéndonos un poco de las aguas fluviales y entrando en tierra, encontramos otro animalito que desde antiguo viene deleitando a los pobladores de las riberas del Orinoco: el morrocoy, que sacrificado, limpios carne e hígado, bien condimentados de sal y pimienta, suelto el guiso con algo de vino tinto y añadido de pasas, aceitunas, encurtidos y alcaparras, sirve para preparar el legendario pastel o cuajado, usándose para ello la caparazón del mismo quelonio, en cuyo interior alternanse camadas de huevos batidos y guiso, hasta culminar con huevos espolvoreados con pan rallado antes de metérsele al horno para que cuaje. Es plato que no rompe el ayuno semanasantero y viene mencionado por el padre Caulin en su Historia corográfica de la Nueva Andalucía de 1779.

     Dentro de las curiosidades que pueden encontrarse en ciertas mesas bolivarenses, sea en el ámbito doméstico o en algún restaurante típico, están las carnes de danto y de venado, deshebradas y fritas, en pisillo, para acompañar las deliciosas arepas hechas con maíz pilado, insustituible plato para el desayuno tardío de los domingos reposados. Estas presas de la cinegética local vienen aumentadas a veces y con suerte con una buena lapa guisada, roedor que cuando es de Guayana excede a los demás, pués parece que la alimentación que le brinda la zona cría su carne con óptimo sabor.

     Proverbiales son el ají dulce y la yuca de esa región, no sólo por el tamaño que alcanzan sino por la perfección de su textura y de su gusto.

     Un viaje a Guayana no puede prescindir de una visita a las queseras de Upata. Saliendo de Ciudad Bolívar se recorrerán kilómetros en que, asombrado el viajero, verá desfilar extensos campos donde crecen innumerables árboles de merey, hermosa fruta que lleva a manera de copetín una capsula arriñonada que encierra su deliciosa almendra. Conformación que hizo que se diera a esta planta el nombre de paují, por la similitud con el copete que adorna la cabeza de esa ave americana. La nuez se consume sea simplemente tostada o vuelta turrón o mazapán, en cuya última preparación sobresalen las delicadas manos de las Siervas del Santísimo Sacramento de Ciudad Bolívar, quienes en la quietud de su convento, elaboran esta refinada golosina que nada tiene que envidiar al mejor de los turrones de Jijona. Cómese también la fruta del merey dejándola pasar hasta que termina con aspecto de gorda ciruela pasa. Pero llegando a Upata se podrá visitar alguna de las fábricas del famoso queso guayanés, de ese exquisito queso de telita o de mano, cuya masa, aún caliente, debe batir sobre la mesa o mármol el operario repetidas veces, deslumbrando al observador con su pericia y las formas caprichosas que consigue con la blanquecina masa, hasta concluir envolviéndola y cuadrándola en los moldes. 

     Puede decirse que las selvas guayanesas han otorgado al género humano uno de los más exquisitos perfumes: el de la sarrapia, semilla de un árbol corpulento que abunda sobre todo en las regiones del Caura. Procesada, dejándola secar, produce una suave y dulce fragancia, cuyo principio es la cumarina. Es usada en la industria de la perfumería y en la elaboración del tabaco para el pipas, pero hemos hecho experimentos muy exitosos empleándola para perfumar el melado de los buñuelos de apio y la crema inglesa de las islas flotantes. No es de fácil obtención, localmente se la consigue casi siempre en los puestos de los yerbateros, lo que permite deducir que debe atribuirle la creencia popular propiedades mágicas, pero vale la pena indagar y a pesar de su alto costo, proveerse de unas cuantas semillas para la experimentación gastronómica.

     Fue también Ciudad Bolívar cuna de uno de los más famosos elixires que creados mediando el siglo XIX por el doctor Siegert como tonificante, se ha continuado usando pero un tiempos modernos sobre todo en coctelería. ¿Quién no conoce el amargo de Angostura? Lamentablemente el industrioso médico y sus familiares no pudieron continuar la fabricación de tan precioso ingrediente en nuestro territorio, pues las presiones políticas y las desmesurada exacciones de las autoridades caudillescas, los obligaron a expatriares a Trinidad, donde encontrada la paz necesaria para el florecimiento de toda empresa, continuaron su giro cada vez más prósperos. De esta historia podría sacarse moraleja para los gobernantes de la actual Venezuela.

     Dentro de los productos de aquella tierra feraz no pueda olvidarse al moriche, de cuyo fruto hacían los indígenas desde tiempo inmemorial y continuan elaborando los bolivarenses de hoy y una exótica bebida. Es el carato de moriche extremadamente perfumado y espeso, y su hermoso color amarillo subido contribuye a hacerlo muy atractivo. Sin embargo, pasa a quienes no se han habituado desde su infancia a este raro licor, que su consumo resulta desconcertante y podría decirse que el beberlo es una forma de violento contacto con la cultura aborigen.

     Muchas otras curiosidades encierra esta provincia gastronómica de Guayana, que puede el lector curioso escudriñar en su visita. Se han conservado dos curiosos recetarios que cubren más de un siglo de práctica culinaria bolivarense: El de Ramón Isidro Montes, quien llevó en numerosos cuadernos con elegante caligrafía, un diario de la vida angosturera desde los años 60 del siglo pasado hasta principios de esta centuria, incorporando en uno de sus últimos cuadernos un interesante recetario de las preparaciones que acostumbran servirse en su mesa; el otro, obra de otros dos personajes de aquella ciudad, Hector y Francisca Contasti Gorrin, es riquisimo repertorio de las fórmulas que se elaboraban en su casa desde principios de siglo. El primero reposa en la sección de manuscritos de la Biblioteca Nacional y el segundo en manos de la familia Contasti. Ambos ducumentos son testimonio invalorable de las tradiciones de aquella región, y aún esperan un editor que los salve de perecer definitivamente.

GUAYANA. EXC 12-07-1995